Si colocas un dedo debajo de tu nariz y exhalas suavemente, es muy probable que notes que el flujo de aire proviene casi en su totalidad de un solo orificio. Este fenómeno no se debe a una obstrucción accidental, sino a un sofisticado proceso fisiológico conocido como ciclo nasal, documentado científicamente por primera vez por el médico alemán Richard Kayser en 1895.
A lo largo del día, el sistema nervioso autónomo alterna de manera rítmica el paso de aire entre ambas fosas nasales cada dos a seis horas. Para lograrlo, el cuerpo utiliza un recurso anatómico asombroso: los cornetes nasales albergan tejido eréctil compuesto por sinusoides venosos que, al llenarse de sangre bajo la orden parasimpática, se congestionan deliberadamente en un lado mientras que el lado opuesto se descongestiona por acción simpática.
Este relevo rítmico cumple dos funciones indispensables para tu bienestar:
- Protección y regeneración epitelial: El orificio en reposo aprovecha el flujo reducido para rehidratar su mucosa, permitiendo que los diminutos cilios celulares se limpien y reparen la barrera defensiva contra bacterias y alérgenos sin resecarse.
- Calibración del olfato: Los compuestos aromáticos se disuelven en la mucosa a velocidades distintas. La fosa de flujo rápido procesa moléculas odoríferas de absorción veloz, mientras que la fosa de flujo lento detecta aquellas que necesitan más tiempo de contacto con los receptores.
Cuando tienes un resfriado, la inflamación generalizada hace que este ciclo natural se vuelva evidente, explicando por qué la congestión parece saltar mágicamente de un lado al otro de tu nariz.
Fuente: The Laryngoscope (Kayser, 1895; Eccles, 1996) / Nature Neuroscience