Con apenas tres centímetros de longitud y un aspecto que evoca a una criatura mitológica, el Glaucus atlanticus (conocido popularmente como dragón azul) es uno de los depredadores más audaces del océano abierto. Lejos de huir de hidrozoos temibles como la carabela portuguesa (Physalia physalis), cuyo veneno produce dolor paralizante y colapsos respiratorios en animales mucho mayores, este diminuto molusco nudibranquio navega deliberadamente en su búsqueda.
Su mayor asombro biológico es la cleptocnidia: el robo selectivo de armamento celular ajeno. Cuando el dragón azul devora los tentáculos de la carabela, no neutraliza los nematocistos (las cápsulas microscópicas que eyectan diminutos arpones cargados de neurotoxinas), sino que los ingiere intactos. Un moco protector especialmente denso en su tracto digestivo impide que las cápsulas estallen. Posteriormente, el animal clasifica y transporta las armas celulares más potentes hacia las puntas de sus ceratas, las ramificaciones digitiformes que adornan sus costados.
Allí, los dardos ajenos quedan armados y listos para ser disparados como defensa propia contra cualquier agresor. Debido a que el dragón azul concentra decenas de estos dispositivos venenosos en reservorios diminutos, su picadura accidental puede resultar mucho más tóxica y dolorosa que la de la propia carabela devorada. Además, el molusco pasa su vida flotando boca abajo sostenido por una burbuja de gas gástrico: expone su vientre azul eléctrico hacia el cielo para confundirse con el mar ante las aves, mientras su espalda plateada lo disimula ante los peces hambrientos de las profundidades.
Fuente: National Geographic / Marine Ecology Progress Series