El dragón marino foliáceo (Phycodurus eques), pariente cercano del caballito de mar, es uno de los maestros del camuflaje más asombrosos del reino animal. Este pez, endémico de las aguas templadas del sur y oeste de Australia, ha evolucionado para imitar a la perfección las algas marinas entre las que habita, hasta el punto de que resulta casi indistinguible de su entorno.
Lo más sorprendente del dragón marino foliáceo son sus extensas prolongaciones cutáneas, que parecen hojas y brotes de algas. Estas estructuras, que no son aletas, cubren su cuerpo y se balancean suavemente con las corrientes marinas, replicando el movimiento natural de las plantas acuáticas. Sus pequeñas aletas dorsales y anales, casi transparentes, son las que le permiten desplazarse con una discreción inigualable, pasando desapercibido tanto para depredadores como para presas. Su dieta se compone principalmente de pequeños crustáceos y plancton, que aspira con su hocico alargado.
A diferencia de los caballitos de mar, los dragones marinos foliáceos no poseen una cola prensil, sino que se mueven con una gracia etérea, casi flotando. Además, su coloración puede variar ligeramente para adaptarse aún más al tono específico de las algas en su hábitat. Son los machos quienes se encargan de incubar los huevos, portando hasta 250 de ellos en una zona de la cola especialmente diseñada para ello, durante aproximadamente ocho semanas. La supervivencia de esta especie, amenazada por la pérdida de hábitat y la recolección ilegal, subraya la delicadeza y la belleza de sus adaptaciones, que los convierten en verdaderas joyas de la biodiversidad marina.
Fuente: National Geographic, Australian Museum, World Wide Fund for Nature (WWF)