En el orden natural de los humedales, las ranas y los sapos son cazadores implacables de pequeños insectos. Sin embargo, las larvas del género de coleópteros Epomis han logrado una de las inversiones más insólitas de la ecología: no solo sobreviven a los anfibios, sino que se alimentan exclusivamente de ellos mediante una trampa milimétricamente calculada.
El fenómeno fue investigado en profundidad en 2011 por los biólogos Gil Wizen y Avital Gasith de la Universidad de Tel Aviv. La larva de Epomis se sitúa a plena vista de un anfibio y comienza a mover sus antenas y palpos en un patrón rítmico y ondulante. Este comportamiento, un caso extremo de mimetismo agresivo, estimula el instinto cazador de la rana, haciéndole creer que ha localizado una presa tierna y fácil.
En la fracción de segundo en que el anfibio lanza su lengua pegajosa para capturarla, la larva esquiva el golpe y clava sus mandíbulas con forma de gancho en la garganta o el labio del atacante. Una vez anclada, la rana no tiene forma física de desprenderse. La larva comienza a secretar enzimas y digiere los tejidos de su depredador, consumiéndolo por completo a lo largo de varias horas.
Los experimentos de laboratorio documentaron un desenlace aún más impactante: cuando algún sapo logró tragar a la larva por sorpresa, el insecto mordió el interior del estómago del anfibio hasta provocar su regurgitación inmediata, tras lo cual se sujetó al exterior de su cuello para terminar su festín. Es un prodigio evolutivo donde la supuesta presa atrae deliberadamente a su cazador para convertirlo en banquete.
Fuente: PLOS ONE (Wizen & Gasith, 2011 - 'An Unprecedented Role Reversal: Ground Beetle Larvae Lure Amphibians and Prey on Them')