Lejos de ser solo una expresión de tristeza, aburrimiento o alivio emocional, el suspiro fisiológico es un mecanismo biológico imprescindible para mantenernos con vida. De forma totalmente automática e inadvertida, el cuerpo humano suspira aproximadamente unas doce veces por hora —una vez cada cinco minutos—, tanto en vigilia como durante el sueño profundo.
El motivo reside en la fragilidad mecánica de nuestros pulmones. Los más de 500 millones de alvéolos —los microscópicos sacos elásticos donde la sangre intercambia dióxido de carbono por oxígeno— sufren una tendencia natural a colapsar y cerrarse debido a la tensión superficial de los fluidos internos, un proceso conocido clínicamente como microatelectasia. El volumen de aire de una respiración estándar es insuficiente para reabrirlos. Es aquí donde interviene el suspiro: una doble inhalación consecutiva donde un primer respiro es complementado inmediatamente por una segunda bocanada antes de exhalar. Esta sobrepresión mecánica desdobla los sacos colapsados y redistribuye el surfactante pulmonar, restaurando de inmediato la superficie de intercambio gaseoso.
En 2016, investigadores de las universidades de UCLA y Stanford identificaron el centro de mando de este reflejo en el tronco encefálico: un diminuto circuito de apenas 200 neuronas activadas por dos péptidos específicos que monitorean los niveles de gases en sangre. Asimismo, ensayos clínicos recientes han demostrado que reproducir voluntariamente este patrón (dos inhalaciones por la nariz y una exhalación larga y lenta por la boca) estimula el nervio vago y ralentiza el ritmo cardíaco en segundos, consolidándose como la herramienta fisiológica más rápida para desactivar la respuesta de estrés.
Fuente: Nature / Cell Reports Medicine (Stanford University & UCLA Medical School)