A más de 500 metros bajo la superficie del océano Pacífico habita Euplectella aspergillum, popularmente llamada la cesta de flores de Venus. Aunque parece un delicado jarrón de cristal tallado por un orfebre, se trata de una esponja marina viva capaz de extraer ácido silícico disuelto en el agua helada para tejer un intrincado esqueleto cilíndrico de sílice puro.
Esta estructura es una cumbre de la biomecánica. Investigadores de telecomunicaciones descubrieron que las espículas que anclan la esponja al lecho marino actúan como fibras ópticas naturales casi perfectas. A diferencia del vidrio fabricado por el ser humano, que requiere hornos a temperaturas extremas y resulta quebradizo, la esponja sintetiza su cristal a temperatura ambiente intercalando capas orgánicas microscópicas que le otorgan una elasticidad y resistencia colosales, sirviendo de inspiración para rascacielos sismorresistentes y redes de transmisión de luz.
Sin embargo, su aspecto más poético y desconcertante reside en su inquilino habitual:
- En fase larvaria, una pareja de diminutos camarones de la especie Spongicola venusta (un macho y una hembra) nada al interior de la red de cristal.
- Al alimentarse del flujo de nutrientes que la esponja filtra continuamente, los crustáceos crecen hasta volverse demasiado grandes para cruzar los orificios del enrejado.
- Pasan el resto de su existencia físicamente atrapados juntos dentro del cilindro transparente, protegidos de depredadores abisales mientras limpian los canales internos del animal.
Dado que solo sus larvas microscópicas pueden escapar de la rejilla, la pareja fundadora envejece y muere en esta jaula de cristal. Por este motivo, en Japón es tradición secular regalar esqueletos secos de estas esponjas en ceremonias matrimoniales como símbolo de unión indestructible hasta la muerte.
Fuente: Nature (Investigación en biosílice y óptica de Euplectella aspergillum, Bell Labs)