En los bosques boreales de Alaska y Canadá, la rana de la madera (Lithobates sylvaticus) desafía una de las leyes más inflexibles de la fisiología animal: sobrevivir al invierno permitiendo que su propio organismo se congele por completo. Cuando las temperaturas caen por debajo de los cero grados, esta criatura no migra ni se entierra en el fango; simplemente reposa entre la hojarasca y deja que el hielo invada su cuerpo.
Durante este proceso extremo, ocurren fenómenos biológicos asombrosos:
- Paro cardíaco absoluto: El corazón deja de latir, el flujo sanguíneo se corta por completo y los pulmones cesan toda actividad respiratoria. A efectos clínicos, el animal está muerto.
- Hielo extracelular: Hasta un 65% del agua corporal total se congela en cristales de hielo dentro de la cavidad abdominal y entre las fibras musculares.
- Inundación crioprotectora: En cuanto la piel detecta la formación de hielo, el hígado libera cantidades masivas de glucosa y urea en el torrente sanguíneo, aumentando su concentración hasta 100 veces. Este jarabe molecular actúa como un potente anticongelante intracelular, impidiendo que el interior de las células se deshidrate o sea destruido por cristales afilados.
Capaz de soportar temperaturas de hasta -16 °C durante siete meses seguidos, la rana experimenta un despertar milagroso con la llegada de la primavera. Al aumentar la temperatura, se descongela de adentro hacia afuera: el corazón reanuda espontáneamente sus latidos, la sangre vuelve a circular y, en pocas horas, el anfibio salta hacia la charca más cercana para reproducirse sin haber sufrido ningún daño celular.
Fuente: Journal of Experimental Biology