Durante más de un siglo se creyó que la retina humana solo poseía dos tipos de fotorreceptores: los conos, responsables del color y la agudeza diurna, y los bastones, encargados de la visión en penumbra. Sin embargo, en 2002, un equipo de neurobiólogos liderado por David Berson confirmó la existencia de un tercer fotorreceptor funcional: las células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles (ipRGC).
Estas células constituyen apenas entre el 1 % y el 2 % de todas las neuronas ganglionares del ojo y no participan en la construcción de imágenes visuales. En su membrana albergan un fotopigmento único llamado melanopsina, que exhibe su sensibilidad máxima a una longitud de onda de 480 nanómetros, coincidente con la luz azul natural de la cúpula celeste matutina.
En lugar de dirigir su cableado axonal hacia la corteza visual occipital, las ipRGC viajan a través del tracto retinohipotalámico directamente al núcleo supraquiasmático, el marcapasos biológico central del organismo. Su activación desencadena respuestas fisiológicas cruciales:
- La inhibición inmediata de la secreción de melatonina en la glándula pineal para promover el estado de alerta diurno.
- El mantenimiento del tono del reflejo pupilar ante exposiciones lumínicas prolongadas.
- La modulación de circuitos neuronales vinculados al estado de ánimo en la habénula y la amígdala.
Este mecanismo independiente explica el asombroso fenómeno clínico por el cual muchas personas con ceguera provocada por la pérdida degenerativa de conos y bastones aún logran sincronizar su sueño de forma natural con el ciclo de luz solar, siempre que conserven intacta esta red de sensores ocultos.
Fuente: Science (Berson et al., 2002: Phototransduction by Retinal Ganglion Cells That Set the Circadian Clock)