En 1931, el químico estadounidense Samuel Stephens Kistler ganó una apuesta científica: demostrar que era posible extraer el líquido de una gelatina y reemplazarlo por gas sin que su estructura molecular colapsara. Mediante un innovador proceso de secado supercrítico, Kistler creó el aerogel de sílice, una sustancia sintética tan etérea y translúcida que pronto fue bautizada como «humo helado».
Compuesto por hasta un 99,8% de aire atrapado en una matriz nanoporosa de dióxido de silicio, el aerogel ostenta propiedades físicas extremas. Su conductividad térmica es prácticamente nula: una flor o un crayón apoyados sobre una fina lámina de aerogel permanecen intactos aunque debajo ruja la llama directa de un soplete a más de 1.000 °C. Sin embargo, su aplicación más asombrosa ocurrió en el espacio exterior durante la misión Stardust de la NASA en 1999.
El objetivo era capturar muestras de polvo del cometa Wild 2. El dilema parecía insoluble: atrapar partículas cósmicas que viajaban a 6,1 kilómetros por segundo (más de 21.000 km/h) contra una superficie tradicional las vaporizaría al instante por la fricción. La solución fue construir un colector con paneles de aerogel:
- Al penetrar la esponjosa estructura de sílice, las partículas microscópicas pierden energía cinética de forma gradual.
- El material colapsa suavemente a su paso, tallando diminutas huellas cónicas con forma de zanahoria.
- El grano cósmico frena en apenas unos milímetros sin fundirse ni alterar su composición química prístina.
Gracias a este material casi ingrávido, la ciencia recuperó en 2006 las primeras muestras intactas de polvo cometario jamás analizadas en la Tierra.
Fuente: NASA Jet Propulsion Laboratory (JPL) - Stardust Mission Archives