En el verano de 1866 estalló la Guerra Austro-Prusiana, un conflicto que redefinió el equilibrio de poder en Europa central. Como miembro leal de la Confederación Germánica, el diminuto principado alpino de Liechtenstein tomó partido por el Imperio austríaco y movilizó a todo su contingente militar: un batallón de apenas 80 soldados.
Su misión consistió en custodiar el estratégico paso del Brennero, en la frontera montañosa entre Austria e Italia. Las semanas transcurrieron en una absoluta tranquilidad alpina; el contingente italiano jamás avanzó hacia su sector y las tropas de Liechtenstein pasaron los días patrullando bajo el sol, bebiendo vino local y disfrutando del paisaje sin necesidad de disparar un solo proyectil.
Cuando el conflicto concluyó apenas siete semanas después, los soldados emprendieron el camino de regreso a casa. Al llegar a la capital, Vaduz, y pasar lista oficial el 22 de agosto de 1866, los oficiales descubrieron una anomalía matemática fascinante: partieron 80 hombres, pero regresaron 81.
Según los registros históricos, durante su estancia en la frontera habían entablado amistad con un oficial de enlace italiano —o según otras fuentes, un desertor austríaco— que decidió unirse al grupo fascinado por la camaradería de la unidad y acompañarlos a su país.
Agradecido por el desenlace pacífico, el príncipe Juan II disolvió el ejército de Liechtenstein en 1868 alegando un gasto innecesario, consolidando al país como una de las pocas naciones del planeta sin fuerzas armadas permanentes.
Fuente: Historisches Lexikon des Fürstentums Liechtenstein (HLFL)