A diferencia de los conocidos «fumadores negros» submarinos, que dependen del magma volcánico ardiente para escupir sulfuros a más de trescientos grados, el Campo Hidrotermal de la Ciudad Perdida funciona mediante un mecanismo geológico radicalmente distinto. Descubierto en el año 2000 en el macizo submarino Atlantis, en mitad del océano Atlántico, este enclave está dominado por gigantescas chimeneas de carbonato blanco que alcanzan los sesenta metros de altura, el equivalente a un edificio de veinte plantas.
El verdadero motor de este paisaje alienígena es la serpentinización. Cuando el agua marina se filtra a través de fallas tectónicas y entra en contacto con la peridotita —una roca densa rica en olivino procedente directamente del manto terrestre—, se desencadena una reacción química exotérmica sin necesidad de actividad volcánica. Este proceso no solo calienta el agua de forma moderada (entre 40 y 90 °C), sino que transforma los minerales en serpentina y genera fluidos extraordinariamente alcalinos, con un pH de entre 9 y 11.
Al ascender y entrar en contacto con el agua marina fría, el calcio disuelto en los fluidos precipita de inmediato, esculpiendo intrincadas agujas de calcita y aragonito que crecen lentamente desde hace más de 120.000 años. Además, la reacción produce inmensas cantidades de hidrógeno y metano de origen puramente abiótico, sin intervención biológica previa. Por esta razón, los geólogos consideran a la Ciudad Perdida una ventana intacta hacia la química que originó la vida en la Tierra primitiva y un modelo directo para estudiar posibles ecosistemas en lunas heladas como Encélado o Europa.
Fuente: Nature / National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA)