Hace aproximadamente 5,96 millones de años, la colisión entre las placas tectónicas africana y euroasiática estranguló el corredor marino que conectaba el océano Atlántico con la cuenca mediterránea. Privado de su principal fuente de agua y sometido a un clima árido donde la evaporación superaba con creces el caudal de los ríos tributarios, el mar comenzó a desaparecer a un ritmo implacable en un evento geológico conocido como la Crisis Salina del Messiniense.
En cuestión de unos pocos milenios, el nivel del agua se desplomó más de 1.500 metros, transformando el lecho marino en un gigantesco cañón desértico. En los puntos más profundos, la presión atmosférica era aplastante y las temperaturas del aire superaban los 50 °C. Este proceso de desecación cíclica dejó tras de sí una colosal capa de evaporitas: un estrato de yeso y sal gema de hasta dos a tres kilómetros de espesor que aún hoy yace sepultado bajo los sedimentos marinos, reteniendo cerca del 6% de toda la sal disuelta en los océanos de la época.
El aislamiento concluyó de forma dramática hace 5,33 millones de años durante la llamada Inundación Zancliense. Las aguas atlánticas fracturaron la barrera rocosa de Gibraltar y desataron una megariada de magnitudes titánicas. Se estima que en su momento álgido entraron hasta 100 millones de metros cúbicos de agua por segundo —un caudal mil veces superior al del río Amazonas—, rellenando el 90% de la cuenca mediterránea en un lapso que pudo durar entre unos pocos meses y dos años.
Fuente: Nature / Garcia-Castellanos, D. et al. (2009). 'Catastrophic flood of the Mediterranean after the Messinian salinity crisis'.