Los diamantes naturales son auténticas cápsulas del tiempo geológico, pero su mera existencia en la superficie terrestre es el resultado de un milagro balístico. Estos cristales de carbono puro se forjan en el manto superior, a profundidades de entre 150 y 200 kilómetros, donde reinan presiones colosales de más de 50.000 atmósferas y temperaturas superiores a los 1.000 °C. Sin embargo, a la presión normal de la corteza, el diamante es químicamente inestable: su destino natural es degradarse y transformarse en simple grafito.
Para que un diamante sobreviva intacto, debe ascender al exterior a una velocidad tan vertiginosa que sus átomos no tengan tiempo de reorganizarse. Este transporte extremo ocurrió mediante las erupciones de kimberlita, el fenómeno volcánico más violento del que se tiene registro. El magma kimberlítico, saturado de fluidos supercríticos como dióxido de carbono y vapor de agua a presiones intolerables, actuó como el propulsor de un cohete subterráneo.
A medida que la masa ígnea ascendía hacia la corteza, los gases disueltos se expandieron de forma explosiva, acelerando el magma a velocidades que alcanzaron entre Mach 1 y Mach 3 (hasta varios miles de kilómetros por hora) cerca de la superficie. Este 'ascensor supersónico' completó un viaje de cientos de kilómetros en apenas unas pocas horas, congelando la estructura molecular del diamante en un estado metaestable antes de excavar chimeneas cónicas de cientos de metros de diámetro.
Prácticamente todos los diamantes que la humanidad extrae hoy fueron disparados a la superficie hace decenas o cientos de millones de años a través de estos antiguos cañones geológicos, cuyo poder eruptivo jamás ha sido presenciado por un ser humano contemporáneo.
Fuente: Nature Geoscience / Geological Society of America