En el diminuto abdomen del escarabajo bombardero (subfamilia Brachininae) opera uno de los sistemas de defensa biológica más asombrosos de la naturaleza: una auténtica cámara de combustión biológica capaz de sintetizar explosiones químicas controladas en cuestión de milisegundos.
A diferencia de otros artrópodos venenosos, este insecto no almacena sustancias letales preparadas; las fabrica bajo demanda. Posee dos depósitos independientes: uno con hidroquinona y peróxido de hidrógeno, y otro con enzimas catalizadoras (catalasa y peroxidasa). Cuando se siente amenazado por un depredador como un sapo o una hormiga, abre una válvula microscópica que vacía ambos componentes en una cámara de reacción reforzada con quitina gruesa.
La mezcla desencadena una reacción exotérmica violenta: el peróxido se descompone en agua y oxígeno, oxidando la hidroquinona en p-benzoquinona y liberando un calor descomunal que lleva el líquido a los 100 °C. La presión del vapor generado abre un esfínter flexible, proyectando una ráfaga hirviente y cáustica a más de 30 km/h mediante una tobera orientable en 360 grados.
En 2015, un estudio del MIT reveló mediante rayos X de sincrotrón que el escarabajo no dispara un chorro continuo, sino que utiliza una propulsión por pulsos a razón de 500 a 1.000 detonaciones por segundo. Esta frecuencia milimétrica permite que la cámara se enfríe brevemente entre cada estallido, evitando que el insecto se cocine a sí mismo mientras fulmina a su agresor.
Fuente: Science (Arndt et al., 2015 - 'Mechanistic origins of the pulsed jet in bombardier beetles')