En el mundo microscópico, el escarabajo tigre (subfamilia Cicindelinae) ostenta uno de los récords cinéticos más asombrosos del planeta. La especie australiana Cicindela hudsoni puede desplazarse a 2,5 metros por segundo, lo que equivale a recorrer unas 125 veces la longitud de su propio cuerpo en un solo segundo. A escala humana, esta proeza biomecánica representaría a un atleta corriendo a más de 770 kilómetros por hora.
Sin embargo, semejante aceleración conlleva un insólito peaje biológico: el escarabajo sufre ceguera temporal cada vez que inicia una carrera a toda velocidad. Para que el ojo compuesto del insecto perciba el entorno, sus fotorreceptores necesitan absorber una cantidad mínima de fotones por milisegundo y procesar la información neuronalmente. A máxima propulsión, el insecto se mueve más rápido de lo que sus fotorreceptores pueden captar y refrescar la luz, provocando que su mundo visual se vuelva completamente borroso y oscuro.
Para resolver este fallo de diseño sin renunciar al almuerzo, el escarabajo tigre desarrolló una técnica fascinante: la caza intermitente. Corre a ciegas en ráfagas explosivas hacia donde vio a la presa por última vez, frena en seco durante una fracción de segundo para recuperar la visión y reajustar las coordenadas, y vuelve a acelerar sin ver. Además, extiende sus largas antenas hacia el frente como parachoques táctiles para no estrellarse contra obstáculos en el camino.
Fuente: Cole, G. B. & Gilbert, C. (Cornell University) / Journal of Experimental Biology