Durante siglos, los geólogos se preguntaron cómo lograban concentrarse cantidades colosales de oro en estrechas vetas de cuarzo subterráneas, dado que el agua hidrotermal profunda transporta este metal en concentraciones minúsculas, de apenas unas pocas partes por millón. En 2013, un revelador estudio publicado en Nature Geoscience resolvió el misterio: los terremotos funcionan como reactores que precipitan oro de forma casi instantánea.
A profundidades de entre 5 y 15 kilómetros, el agua geotérmica fluye sometida a presiones de cientos de megapascales y temperaturas que rondan los 400 °C. Cuando una falla tectónica se rompe de improviso para liberar tensión, las paredes de la fractura se separan en cuestión de milisegundos. Esta expansión repentina del espacio genera una despresurización extrema y súbita en el fluido atrapado.
El fenómeno resultante se conoce como vaporización repentina o flash vaporization. El agua sobrecalentada no tiene tiempo de evaporarse gradualmente; en su lugar, estalla en vapor al vacío de golpe. Al perder su disolvente líquido en una fracción de segundo, todos los minerales que viajaban en la solución —principalmente sílice y trazas de oro disuelto— colapsan químicamente y precipitan pegados a la roca como cristales sólidos.
Aunque un único seísmo de magnitud 4 apenas deposita una película microscópica de metal, una zona de falla activa puede quebrarse cientos de miles de veces a lo largo de eones. Cada sacudida telúrica añade una capa milimétrica adicional, convirtiendo las cicatrices más violentas de la corteza terrestre en las ricas vetas auríferas que la humanidad lleva milenios extrayendo.
Fuente: Nature Geoscience (Weatherley & Henley, 2013 - 'Flash vaporization during earthquakes evidenced by gold deposits')