En el suelo húmedo de los bosques tropicales habita uno de los depredadores más insólitos y antiguos de la Tierra: el gusano de terciopelo (filo Onychophora). Lejos de ser un simple anélido, este fósil viviente ha caminado prácticamente sin cambios anatómicos durante más de 500 millones de años, sobreviviendo a extinciones masivas que borraron del mapa a los dinosaurios.
Su método de caza parece sacado de la ciencia ficción. Debido a su visión deficiente y marcha lenta, el gusano compensa su sigilo con un par de papilas orales convertidas en cañones biológicos. Cuando detecta el movimiento de un insecto o araña mediante sus sensibles antenas, dispara dos chorros cruzados de una secreción líquida a velocidades que alcanzan hasta cinco metros por segundo, cubriendo una distancia de hasta 30 centímetros en apenas 60 milisegundos.
La física detrás de este proyectil es asombrosa:
- Oscilación pasiva: Las papilas vibran caóticamente durante el disparo sin necesidad de músculos complejos, tejiendo de forma espontánea una red viscosa en el aire.
- Endurecimiento instantáneo: La mezcla, compuesta por proteínas solubles y lípidos, colapsa ante la fuerza mecánica y la evaporación; en menos de diez segundos se transforma en una estructura rígida parecida al nailon.
Una vez atrapada e indefensa la víctima, el gusano perfora su exoesqueleto con sus mandíbulas retráctiles, inyecta enzimas digestivas y bebe el interior licuado, reciclando incluso la proteína de su propia baba para no desperdiciar recursos.
Fuente: Nature Communications (Estudios biomecánicos sobre la oscilación del fluido en Onychophora, Universidad de Harvard y Universidad de Kassel)