Durante siglos, el átomo fue una abstracción teórica: una entidad indivisible postulada por la filosofía y descrita por ecuaciones matemáticas, pero enteramente inalcanzable para el tacto humano. Todo cambió en 1981, cuando los físicos Gerd Binnig y Heinrich Rohrer, en los laboratorios de IBM en Zúrich, crearon el Microscopio de Efecto Túnel (STM), un hito que les otorgó el Premio Nobel en 1986.
El STM no emplea lentes ópticas ni fotones de luz, sino las leyes contraintuitivas de la mecánica cuántica. Su mecanismo central consiste en una aguja metálica con un extremo tan afilado que a menudo termina en un único átomo. Esta punta sobrevuela una superficie conductora a una distancia inferior a un nanómetro. Al aplicar una ligera diferencia de potencial eléctrico, los electrones saltan el espacio vacío entre ambos cuerpos aprovechando el efecto túnel cuántico. La corriente resultante es extraordinariamente sensible: una variación equivalente a la anchura de un solo átomo altera el flujo en un orden de magnitud, permitiendo trazar mapas topográficos con resolución atómica.
La consagración definitiva de esta herramienta ocurrió en noviembre de 1989. El investigador Don Eigler descubrió que, enfriando el sistema a cuatro grados sobre el cero absoluto (-269 °C) y ajustando la distancia de la punta, la fuerza intermolecular le permitía arrastrar átomos individuales sin despegarlos de la superficie. A lo largo de 22 horas de precisión milimétrica, Eigler empujó 35 átomos de xenón sobre una base de níquel hasta formar las tres letras de la compañía: "IBM". Por primera vez en la historia, la humanidad no solo observaba los componentes fundamentales de la materia, sino que aprendía a manipularlos uno a uno.
Fuente: Nature (Eigler & Schweizer, 1990: 'Positioning single atoms with a scanning tunnelling microscope')