En la oscuridad perpetua de la zona batipelágica, a más de mil metros de profundidad, encontrar pareja es un evento tan improbable que la evolución ideó una de las estrategias más extremas del reino animal: el parasitismo sexual. En varias familias de rapes abisales (suborden Ceratioidei), los machos son diminutos en comparación con las hembras gigantescas y nacen con un único propósito biológico: rastrear feromonas en el abismo antes de agotar sus reservas.
Cuando un macho localiza a una hembra, le muerde el vientre con mandíbulas especializadas. En ese instante se desencadena una transformación asombrosa:
- Fusión tisular: El macho libera enzimas que disuelven su propia boca y la piel de la hembra, cicatrizando juntos hasta que sus vasos sanguíneos se conectan de forma permanente.
- Atrofia de órganos: Una vez conectado al torrente sanguíneo de su compañera, el macho ya no necesita cazar ni ver; sus ojos, aletas y aparato digestivo degeneran por completo, quedando reducido a un apéndice productor de esperma que se nutre exclusivamente de ella.
Durante décadas, este fenómeno desconcertó a los inmunólogos: en cualquier otro vertebrado, una fusión vascular ajena provocaría un rechazo de injerto fulminante. En 2020, un estudio del Instituto Max Planck reveló el misterio: estas especies han perdido evolutivamente los genes del complejo mayor de histocompatibilidad (MHC) y los linfocitos T asesinos, apagando su inmunidad adaptativa para permitir que dos cuerpos distintos se conviertan biológicamente en uno solo.
Fuente: Estudio del Instituto Max Planck de Inmunobiología y Epigenética publicado en la revista Science (2020): 'The evolutionary loss of adaptive immunity in anglerfishes'.