En 1972, analistas de la planta de enriquecimiento de uranio de Pierrelatte en Francia detectaron una anomalía desconcertante: muestras de mineral procedentes de la mina de Oklo, en Gabón, contenían apenas un 0,717% de uranio-235 en lugar de la proporción universal e invariable del 0,720%. En algunas zonas subterráneas, la concentración descendía incluso al 0,44%. Físicos y geoquímicos temieron inicialmente un desvío clandestino de material fisible, pero la investigación reveló un fenómeno mucho más asombroso: la naturaleza se había anticipado a Enrico Fermi por casi dos mil millones de años.
Durante el Proterozoico, la abundancia natural del isótopo inestable uranio-235 era de aproximadamente un 3%, idéntica a la que hoy requieren los reactores comerciales de agua ligera. En Oklo coincidieron tres factores extraordinarios:
- Concentración excepcional: Depósitos de uranio de gran pureza y grosor crítico en vetas de arenisca.
- Agua subterránea como moderador: El agua filtrada ralentizaba los neutrones rápidos liberados en la desintegración, permitiendo sostener una reacción en cadena autosostenida.
- Autorregulación térmica: Cuando el calor del reactor hervía el agua convirtiéndola en vapor, la moderación cesaba y la reacción se apagaba hasta que el estrato se enfriaba.
Este colosal complejo geológico albergó al menos 16 zonas de fisión activas. Funcionó en ciclos térmicos intermitentes de unas tres horas durante casi un millón de años, generando una potencia media continua de 100 kilovatios. Sorprendentemente, los residuos radiactivos más peligrosos permanecieron confinados en apenas unos pocos metros de roca sin contaminar los acuíferos circundantes.
Fuente: Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) / Scientific American