En el año 897 d.C., Roma presenció uno de los capítulos más bizarros de la historia eclesiástica: el Sínodo del Cadáver (Synodus Horrenda). Consumido por feroces rivalidades políticas entre las dinastías itálicas, el papa Esteban VI ordenó desenterrar el cuerpo en descomposición de su predecesor, el papa Formoso, quien llevaba muerto más de nueve meses.
El cadáver embalsamado fue vestido con los ornamentos litúrgicos pontificios y sentado en un trono ceremonial para ser sometido a un juicio formal. Para sostener la farsa procesal, se le asignó un aterrorizado diácono de dieciocho años como abogado defensor, quien debía responder en su nombre mientras Esteban VI le gritaba furiosas acusaciones de perjurio, ambición desmedida y transgresión de los cánones eclesiásticos.
El veredicto, dictado de antemano, desató un castigo insólito contra los restos mortales:
- Se declararon inválidos todos los actos, consagraciones y ordenaciones sacerdotales de Formoso.
- Le amputaron los tres dedos de la mano derecha con los que solía conferir las bendiciones sagradas.
- El cadáver fue despojado de sus vestiduras, arrastrado por las calles de Roma y arrojado a las aguas del río Tíber.
La grotesca profanación indignó tanto a la población romana que provocó una violenta revuelta popular meses más tarde. Esteban VI fue depuesto, encarcelado en los calabozos del castillo Sant'Angelo y finalmente estrangulado. Un monje rescató en secreto el cuerpo de Formoso del río, y papas posteriores anularon el infame juicio, devolviendo sus restos a las grutas de San Pedro con plenos honores.
Fuente: Liber Pontificalis / Oxford Dictionary of Popes