A miles de metros bajo la superficie marina habita el tiburón cigarro (Isistius brasiliensis), un escualo de apenas cincuenta centímetros de longitud que protagoniza una de las estrategias de caza más insólitas del reino animal. Su vientre está tapizado de miles de fotóforos que emiten un brillo verde bioluminiscente, salvo por un collar oscuro sin luz situado alrededor de su cuello. Visto desde las profundidades, este parche oscuro imita la silueta de un pez pequeño e inofensivo, atrayendo a depredadores colosales como atunes, delfines e incluso tiburones blancos.
Cuando la enorme presa se aproxima, el tiburón cigarro invierte los papeles de forma implacable. Se adhiere a la piel del gigante utilizando unos labios carnosos que actúan como una potente ventosa de vacío. Acto seguido, ancla sus dientes superiores, clava su hilera inferior de dientes serrados y hace rotar su cuerpo en un giro completo de 360 grados, extrayendo un tapón esférico y perfecto de carne y grasa sin matar al huésped.
La audacia mecánica de su mordedura es tan extrema que durante la Guerra Fría llegó a desatar alarmas militares en la Armada de los Estados Unidos:
- En la década de 1970, varios submarinos de propulsión nuclear regresaron a base con sus cúpulas de sonar de neopreno y cables de transmisión destrozados.
- Los ingenieros del Pentágono temieron el sabotaje de una nueva arma secreta soviética hasta que los biólogos marinos descubrieron que los cortes circulares idénticos pertenecían al apetito voraz de este pequeño tiburón.
Hoy en día, las marcas de sus bocados se han documentado en casi todas las especies de ballenas del planeta, demostrando que en el océano profundo el tamaño no determina quién es el cazador.
Fuente: Smithsonian Ocean / Biology of Sharks and Their Relatives (Carrier et al., 2012)