Durante más de un siglo de aviación moderna, volar siempre exigió piezas mecánicas en movimiento: pistones, hélices o los descomunales álabes de turbinas a reacción. Sin embargo, en 2018, un equipo de ingenieros del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), liderado por Steven Barrett, rompió este paradigma al hacer volar el primer avión de estado sólido de la historia: una aeronave sin ningún motor convencional ni partes móviles.
El secreto detrás de esta proeza es la propulsión electroaerodinámica, comúnmente llamada viento iónico. El principio físico funciona mediante una cascada eléctrica extrema:
- En la parte frontal de las alas, finos filamentos metálicos reciben una descarga de 40.000 voltios.
- Este descomunal campo eléctrico arranca electrones del aire circundante, ionizando las moléculas de nitrógeno.
- Los iones cargados positivamente son atraídos a toda velocidad hacia un electrodo receptor negativo situado detrás. En su trayecto colisionan con millones de moléculas de aire neutro, transfiriéndoles su impulso y creando un chorro continuo de aire que empuja el avión hacia adelante.
El prototipo, con una envergadura de cinco metros y 2,45 kilogramos de peso, voló de forma completamente autónoma y en absoluto silencio a lo largo de 60 metros en un gimnasio cerrado. Aunque aún se encuentra en etapas tempranas para la aviación de pasajeros, esta tecnología abre la puerta a drones ultra-silenciosos de vigilancia y sistemas de transporte atmosférico sin emisiones ni desgaste mecánico.
Fuente: Nature (Flight of an aeroplane with solid-state propulsion, Barrett et al., 2018)