En el fascinante terreno del camuflaje animal, pocos organismos han desarrollado una táctica tan macabra y sofisticada como Acanthaspis petax, una especie de chinche asesina (de la familia Reduviidae) presente en regiones de África y el sudeste asiático. Tras emboscar a una hormiga, paralizarla con saliva enzimática y succionar sus fluidos internos, este depredador no desecha la cáscara hueca: la fija cuidadosamente a su dorso mediante secreciones glandulares pegajosas.
Conforme caza, la ninfa puede acumular una aparatosa armadura de más de veinte exoesqueletos de hormigas, creando un montículo que llega a duplicar o triplicar el volumen de su propio cuerpo. Durante mucho tiempo se supuso que esta carga servía simplemente para ocultarse de futuras presas. No obstante, investigaciones de la Universidad de Canterbury demostraron que se trata de un avanzado escudo señuelo contra sus depredadores naturales: las arañas saltarinas (saltícidos).
Las arañas saltarinas son cazadoras eminentemente visuales con un procesamiento cognitivo complejo. Al toparse con Acanthaspis petax, el sistema visual de la araña no identifica el perfil de una chinche solitaria, sino una maraña caótica de hormigas, criaturas que las arañas suelen evitar debido a su agresividad en grupo y a sus secreciones de ácido fórmico. Además, si la araña se aventura a saltar, con frecuencia ataca la masa de cadáveres exteriores, permitiendo que la chinche escape ilesa o contraataque con su letal probóscide.
Fuente: Journal of Experimental Biology / Proceedings of the Royal Society B (Estudios sobre Acanthaspis petax y mimetismo agresivo)