En 1977, el Citigroup Center de Nueva York se inauguró como una proeza arquitectónica: una torre de 279 metros alzada sobre cuatro gigantescos pilares ubicados en el centro de sus fachadas, y no en las esquinas, para respetar el espacio de una iglesia preexistente. Sin embargo, apenas un año después de su apertura, una llamada telefónica destapó una catástrofe latente.
Una estudiante de ingeniería civil llamada Diane Hartley contactó al diseñador estructural del edificio, William LeMessurier, para consultarle sobre el comportamiento de la estructura ante vientos diagonales. Intrigado, LeMessurier revisó los cálculos y descubrió una negligencia crítica: durante la obra, los contratistas habían sustituido las uniones de acero soldadas previstas en el diseño original por juntas atornilladas convencionales para abaratar costes.
Los nuevos análisis fueron escalofriantes: ráfagas oblicuas de apenas 115 km/h —un fenómeno meteorológico que azota Nueva York cada 16 años de media— bastarían para cizallar los pernos, provocando el colapso total del rascacielos sobre Manhattan. La situación se volvió límite en agosto de 1978, cuando el huracán Ella comenzó a desplazarse hacia la costa este.
Sin alertar a la opinión pública para evitar el pánico, LeMessurier y las autoridades orquestaron una operación clandestina. Cuadrillas de soldadores trabajaron cada noche, de ocho de la tarde a cuatro de la madrugada, reforzando más de doscientos nudos estructurales con placas de acero de cinco centímetros de espesor soldadas directamente sobre las juntas débiles. El edificio quedó blindado justo antes de que concluyera la temporada de tormentas, y la operación se mantuvo en riguroso secreto durante casi dos décadas.
Fuente: The New Yorker ('The Fifty-Nine-Story Crisis' de Joe Morgenstern, 1995)