Durante decenas de millones de años, los murciélagos insectívoros han dominado la noche gracias a su ecolocalización: emiten pulsos ultrasónicos y calculan el retardo del rebote acústico para ubicar a sus presas con precisión milimétrica. Sin embargo, en 2009, investigadores de la Universidad de Wake Forest documentaron que una modesta especie nocturna, la polilla tigre neotropical (Bertholdia trigona), cuenta con una defensa sin precedentes: la interferencia activa de sonar.
A diferencia de otros insectos que se limitan a esquivar al cazador o advertir sobre su mal sabor químico, esta polilla utiliza unas estructuras elásticas en su tórax llamadas timbales para disparar ráfagas de hasta 4.500 chasquidos ultrasónicos por segundo en el momento exacto en que detecta que el murciélago entra en su fase final de aproximación.
Este bombardeo acústico desarticula por completo el procesamiento auditivo del depredador mediante dos mecanismos:
- Distorsión del eco: Los pulsos del insecto solapan y enmascaran el rebote real del murciélago, creándole una ilusión auditiva sobre la distancia y trayectoria real de la presa.
- Fallo masivo de ataque: Al no poder sincronizar el momento de captura, el murciélago falla más del 80% de sus embestidas, viéndose obligado a desistir.
Este fenómeno constituye el primer ejemplo comprobado en el reino animal de una guerra electrónica acústica pura, donde la evolución biológica anticipó los principios de interferencia de radar desarrollados por la ingeniería humana.
Fuente: Science (Corcoran, Barber & Conner, 'Tiger Moth Jams Bat Sonar', 2009)