Solemos dar por sentado que nada en el universo puede viajar más rápido que la luz. Si bien este postulado de Albert Einstein es inviolable en el vacío absoluto (donde la luz viaja a casi 300.000 kilómetros por segundo), las reglas cambian drásticamente cuando la luz atraviesa un medio denso como el agua, donde su velocidad disminuye hasta aproximadamente 225.000 km/s.
Es precisamente en esa brecha donde ocurre uno de los espectáculos ópticos más asombrosos de la física moderna: la radiación de Cherenkov. Cuando un reactor nuclear sumergido libera partículas cargadas de alta energía —principalmente electrones procedentes de la desintegración beta— a velocidades superiores a la velocidad de la luz en el agua, se produce el equivalente electromagnético de una barrera del sonido rota por un avión supersónico.
A medida que estas partículas hiperveloces atraviesan el líquido, excitan eléctricamente las moléculas de agua circundantes. Al regresar instantáneamente a su estado basal, las moléculas emiten fotones. Como la partícula viaja más rápido que las propias ondas de luz que genera, los frentes de onda interfieren constructivamente entre sí, formando un cono de choque luminoso coherente.
Este fenómeno fue descubierto formalmente por el físico soviético Pável Cherenkov en 1934 (lo que le valió el Premio Nobel en 1958). Su característico color no se debe a tintes químicos ni a lámparas subacuáticas: según la fórmula matemática de Frank-Tamm, la energía emitida es inversamente proporcional a la longitud de onda, acumulándose masivamente en el espectro ultravioleta y en el azul visible de más alta energía.
Fuente: Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) / NobelPrize.org (Premio Nobel de Física 1958)