A lo largo de las costas de Oregón y Washington, en Estados Unidos, emergen de las marismas los esqueletos grises de miles de cedros rojos conocidos como los bosques fantasma. Durante generaciones se creyó que estos árboles habían muerto de forma paulatina por cambios ambientales. Sin embargo, en la década de 1980, el geólogo Brian Atwater descubrió una catástrofe tectónica grabada de golpe en los estratos subterráneos.
Al excavar en el lodo estuarino, Atwater halló que las raíces estaban ancladas en una capa de suelo forestal antiguo sepultada de inmediato bajo arena marina traída por olas gigantes. La explicación geológica fue sobrecogedora: la zona de subducción de Cascadia, donde la placa de Juan de Fuca se desliza bajo la placa Norteamericana, había acumulado siglos de fricción elástica hasta romperse súbitamente, provocando que la franja costera se desplomara entre uno y dos metros hacia abajo en cuestión de segundos, ahogando los bosques en agua salada.
Para averiguar cuándo ocurrió exactamente el desastre, la ciencia unió dos piezas fascinantes:
- Dendrocronología: El estudio de los anillos de crecimiento de los troncos reveló que todos los árboles murieron al mismo tiempo durante su fase de reposo vegetativo, entre el final del otoño de 1699 y la primavera de 1700.
- El 'tsunami huérfano' de Japón: Crónicas portuarias niponas de la era Edo registraban una misteriosa ola gigante destructiva en enero de 1700, sin que se hubiera sentido ningún temblor en las islas.
El cruce de datos confirmó la hora exacta: la noche del 26 de enero de 1700 se desató un terremoto colosal de magnitud 9,0 que transformó para siempre la geografía de la región.
Fuente: United States Geological Survey (USGS) - The Orphan Tsunami of 1700 (Brian F. Atwater et al.)