Durante más de dos siglos, el axioma fundamental de la cristalografía sostenía que cualquier sólido ordenado debía poseer una estructura periódica que se repitiera infinitamente en el espacio, admitiendo únicamente simetrías rotacionales de 2, 3, 4 o 6 pliegues. Sin embargo, en abril de 1982, el físico Dan Shechtman observó bajo su microscopio electrónico una aleación de aluminio y manganeso con un patrón de difracción de simetría de 10 pliegues: algo formalmente catalogado como un absurdo matemático.
El rechazo inicial de la comunidad científica fue implacable. El jefe de su laboratorio le pidió que abandonara el equipo por desacreditar la reputación del centro, y el dos veces galardonado con el Nobel Linus Pauling llegó a ridiculizarlo públicamente afirmando que «no existen los cuasicristales, solo los cuasicientíficos». No obstante, Shechtman tenía la razón de su lado: había descubierto los cuasicristales, una forma de orden atómico no periódico similar a los mosaicos geométricos de Roger Penrose, donde los átomos siguen un patrón ordenado pero que jamás se repite exactamente igual.
Estos materiales albergan características insólitas:
- Propiedades anómalas: Aunque son aleaciones metálicas, son pésimos conductores de calor y electricidad, sumamente duros y extremadamente resbaladizos.
- Origen extraterrestre: Pese a que durante décadas se creyeron exclusivos del laboratorio, en 2009 se descubrieron cuasicristales naturales en restos del meteorito Khatyrka, formados en colisiones cósmicas extremas hace 4.500 millones de años.
El descubrimiento, que le valió a Shechtman el Premio Nobel de Química en 2011, obligó a la Unión Internacional de Cristalografía a redefinir el propio concepto de lo que consideramos un cristal.
Fuente: The Nobel Prize in Chemistry 2011 - Dan Shechtman / Nature Materials