La acumulación de residuos plásticos es una de las crisis ambientales más apremiantes del siglo XXI. Con millones de toneladas vertidas anualmente, los océanos y ecosistemas terrestres se asfixian lentamente. Sin embargo, la ciencia ha descubierto un sorprendente aliado en esta batalla: diminutos microorganismos con una capacidad extraordinaria.
Todo comenzó con el descubrimiento, en 2016, de la bacteria japonesa Ideonella sakaiensis, capaz de alimentarse de tereftalato de polietileno (PET), el plástico más común en botellas. Esta bacteria produce dos enzimas clave, la PETasa y la MHETasa, que descomponen el PET en sus componentes básicos, que luego utiliza como fuente de carbono y energía.
Aunque un avance significativo, el proceso natural de estas bacterias era lento. Aquí es donde entra en juego la ingeniería genética. Científicos de la Universidad de Portsmouth, Reino Unido, y del Laboratorio Nacional de Energía Renovable de EE. UU. lograron en 2018 modificar genéticamente la PETasa, haciendo que la enzima fuera un 20% más eficiente. Poco después, en 2020, combinaron esta PETasa mejorada con la MHETasa, creando un "cóctel enzimático" que descompone el PET en tan solo unos días, mucho más rápido que la bacteria original y, crucialmente, a temperatura ambiente.
Este campo en constante evolución ya explora no solo el PET, sino también otros plásticos difíciles de reciclar, como el poliestireno. Los microbios "comedores de plástico" modificados genéticamente ofrecen una visión prometedora para la biorremediación a gran escala, desde plantas de reciclaje industriales hasta la limpieza de vertederos y océanos, transformando lo que antes era un residuo eterno en materia prima reutilizable, cerrando el ciclo de la economía circular.
Fuente: Nature Communications, Science, Universidad de Portsmouth, Laboratorio Nacional de Energía Renovable (NREL) de EE. UU.