Con una longitud aproximada de 200 micrómetros, la avispa parasitoide Megaphragma mymaripenne es más pequeña que varios organismos unicelulares, incluidos el paramecio y ciertas amebas. Sin embargo, a pesar de rivalizar en volumen con un grano de polvo, posee alas plumosas, ojos compuestos, patas articuladas y un sistema nervioso capaz de volar, orientarse y localizar huéspedes. La respuesta a cómo comprimir un cerebro complejo en un espacio biológicamente imposible fue descubierta en 2012 por el entomólogo Alexey Polilov.
El cuello de botella fundamental en la miniaturización de cualquier animal es el tamaño rígido de las células y, en particular, del núcleo celular, que resguarda el genoma. Como las neuronas eucariotas requieren un volumen mínimo para albergar su núcleo, el cráneo de la avispa no disponía de espacio suficiente para contener las miles de células necesarias para coordinar el vuelo.
La solución evolutiva de este insecto fue drástica: la anucleación neuronal selectiva. Durante la última etapa de pupa, cuando el cerebro ya ha establecido todas sus conexiones sinápticas, el organismo desencadena una lisis masiva en la que cerca del 95% de sus más de 7.400 neuronas destruyen y degradan sus propios núcleos. El insecto adulto emerge con un sistema nervioso compuesto casi en su totalidad por 'fantasmas' celulares funcionales: cuerpos celulares y axones sin núcleo que aún conducen impulsos eléctricos.
Sin maquinaria genética para renovar proteínas, estas neuronas no pueden repararse a sí mismas, por lo que la avispa vive únicamente unos cinco días como adulta. Ese breve plazo resulta suficiente para aparearse y depositar sus huevos, demostrando un límite extremo en la flexibilidad de la neurobiología animal.
Fuente: Polilov, A. A. (2012). The smallest insects evolve anucleate neurons. Arthropod Structure & Development, 41(1), 29-34.