En el corazón de la física de la materia condensada existe una estructura fascinante bautizada en honor al físico británico Tony Skyrme: los skyrmions magnéticos. Descritos teóricamente en 1962 y observados en cristales magnéticos en 2009, no son partículas elementales reales, sino vórtices microscópicos formados por la orientación colectiva de los espines de cientos de electrones que se curvan en una geometría de remolino cerrado y estable.
Lo que hace extraordinarios a estos remolinos es su estabilidad topológica. Debido a la forma en que los espines se entrelazan tridimensionalmente, un skyrmion no puede deshacerse con facilidad ante fluctuaciones térmicas o impurezas, comportándose de manera análoga a un nudo que no se desata tirando de los extremos de una cuerda. Pueden medir entre 1 y unos pocos nanómetros, lo que permitiría empaquetar terabytes de información en el tamaño de una cabeza de alfiler.
Además de su tamaño ultracompacto, los skyrmions poseen una ventaja energética revolucionaria: pueden manipularse y desplazarse a lo largo de pistas microscópicas mediante corrientes eléctricas hasta 100.000 veces menores que las necesarias para mover los dominios magnéticos de los discos duros convencionales. Esto sienta las bases de la llamada memoria de pista (racetrack memory), capaz de almacenar volúmenes masivos de datos a velocidades equiparables a la memoria RAM pero sin perder información al apagar el dispositivo, abriendo una nueva era para la computación energéticamente sostenible.
Fuente: Nature Nanotechnology / Max Planck Institute of Microstructure Physics