Tras el desastre nuclear de 2011 en la central de Fukushima Daiichi, los ingenieros se enfrentaron a un enemigo invisible y constante: el agua freática. Alrededor de 400 toneladas diarias de agua de montaña descendían hacia el mar, filtrándose en los sótanos destruidos de los reactores y convirtiéndose en un torrente altamente radiactivo.
Para detener esta corriente sin colapsar las estructuras, la compañía TEPCO y los ingenieros japoneses recurrieron a una técnica extrema de congelación del suelo a una escala nunca vista. Entre 2014 y 2016 construyeron una muralla subterránea de hielo de casi 1,5 kilómetros de longitud y hasta 30 metros de profundidad que rodea por completo los reactores del 1 al 4.
La colosal obra requirió perforar e instalar más de 1.500 tuberías verticales espaciadas cada metro. A través de este circuito cerrado se bombea continuamente salmuera enfriada a -30 °C mediante potentes sistemas de refrigeración industrial. Al absorber el calor del terreno circundante, la humedad natural de la tierra se transforma en un bloque compacto de permafrost artificial.
- Eficacia hidráulica: El muro redujo la infiltración de agua subterránea contaminada en más de un 75%.
- Desafío térmico: Mantener congelada esta masa bajo el suelo exige miles de kilovatios ininterrumpidos y un monitoreo milimétrico de la temperatura.
Esta proeza de la ingeniería geotécnica demostró que cuando el hormigón y el acero resultan insuficientes o peligrosos de instalar, la física del cambio de fase del agua puede crear diques impenetrables en el corazón de la tierra.
Fuente: Tokyo Electric Power Company (TEPCO) / Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA)