Durante siglos se creyó que los engranajes mecánicos eran una creación exclusiva del ingenio humano. Sin embargo, en 2013, un equipo de investigadores de la Universidad de Cambridge descubrió que la evolución se había anticipado por millones de años en una diminuta criatura: la ninfa de la cigarrilla saltadora (Issus coleoptratus).
Para escapar rápidamente de las amenazas, este insecto de apenas tres milímetros de longitud necesita catapultarse con una aceleración asombrosa, alcanzando casi 400 veces la fuerza de la gravedad. A semejante velocidad, depender del sistema nervioso resulta inviable: un impulso neuronal tarda demasiado en viajar y, si una pata se disparase apenas una fracción de milisegundo antes que la otra, el insecto giraría en espiral sin control. La solución evolutiva fue puramente mecánica:
- Dientes microscópicos: En la base de sus patas traseras, la ninfa posee estructuras curvas con entre 10 y 12 dientes de engranaje que encajan milimétricamente entre sí.
- Sincronización absoluta: Al flexionar sus miembros para saltar, los dientes ruedan y se acoplan, asegurando que ambas patas liberen su energía con un desfase inferior a 30 microsegundos.
- Mecanismo efímero: Esta asombrosa maquinaria solo existe durante la juventud del insecto. Si un diente se rompe, puede regenerarse en la siguiente muda; sin embargo, al alcanzar la etapa adulta definitiva, pierden los engranajes y adoptan un sistema de fricción.
El hallazgo de Issus coleoptratus confirmó que una de las piezas fundamentales de la Revolución Industrial ya operaba de forma brillante en el reino microscópico de la naturaleza.
Fuente: Science (Malcolm Burrows & Gregory Sutton, University of Cambridge, 2013)