A finales del siglo XX, unir por carretera y ferrocarril Copenhague (Dinamarca) y Malmö (Suecia) planteaba un rompecabezas de ingeniería aparentemente irresoluble. Diseñar un puente continuo a lo largo de los 16 kilómetros del estrecho era inviable: sus enormes pilares y tirantes habrían invadido el cono de aproximación del cercano aeropuerto internacional de Kastrup y obstaculizado el intenso tráfico marítimo del canal de Drogden. Sin embargo, excavar un túnel bajo todo el lecho marino multiplicaba los costes y los riesgos técnicos de forma astronómica.
La audaz respuesta de los ingenieros fue concebir un sistema híbrido sin precedentes: un colosal puente atirantado de 7,8 kilómetros que, en pleno mar abierto, se zambulle bajo el agua mediante un túnel sumergido. Para materializar la transición entre el aire y el abismo, levantaron desde cero una isla artificial de cuatro kilómetros de longitud, bautizada como Peberholm (el «islote de la pimienta»).
Para forjar Peberholm se extrajeron del fondo marino más de 1,6 millones de metros cúbicos de roca y seis millones de metros cúbicos de arena. Sobre su lomo artificial, las vías férreas y los cuatro carriles de asfalto descienden hacia el túnel sumergido de hormigón más largo del planeta, ensamblado con 20 colosales segmentos prefabricados de 55.000 toneladas cada uno, encajados bajo el agua con precisión milimétrica.
Inaugurado en el año 2000, el proyecto no solo resolvió el tránsito intercontinental: las autoridades prohibieron introducir cualquier tipo de semilla en Peberholm. Hoy, la plataforma de escombros es una reserva biológica estricta colonizada espontáneamente por cientos de especies de plantas y aves protegidas que anidan ajenas al tráfico subterráneo.
Fuente: Øresundsbroen Konsortiet / Institution of Civil Engineers (ICE)