Entre las más de 50.000 especies de arañas catalogadas en el planeta, solo una ha logrado conquistar el reino acuático: la araña de agua (Argyroneta aquatica). Aunque conserva pulmones en libro diseñados exclusivamente para respirar aire atmosférico, pasa prácticamente toda su existencia sumergida en estanques de agua dulce de Europa y Asia, donde caza, se aparea e hiberna gracias a una auténtica obra maestra de la bioingeniería: la campana de buceo.
Para construir su refugio, esta araña asciende a la superficie y atrapa una burbuja de aire entre los pelos hidrófobos de su abdomen. Luego se sumerge y libera el gas bajo una red de seda tupida fijada a la vegetación. Repite el proceso hasta inflar una cámara aérea plateada. Sin embargo, su mayor secreto biológico reside en la física del habitáculo:
- Efecto branquia pasiva: La membrana de seda y la tensión superficial de la burbuja permiten el intercambio de gases con el entorno acuático. A medida que el animal consume oxígeno, la presión parcial dentro de la campana disminuye, atrayendo de forma natural el oxígeno disuelto en el agua hacia el interior.
- Autonomía de más de 24 horas: Investigadores de la Universidad de Adelaida descubrieron en 2011 que esta difusión continua genera suficiente oxígeno como para que la araña permanezca sumergida durante un día entero sin necesidad de emerger a recargar aire.
El único límite de este submarino biológico es la lenta fuga de nitrógeno hacia el agua, lo que acaba encogiendo la burbuja y obliga al arácnido a realizar un rápido viaje a la superficie para reponerla.
Fuente: The Journal of Experimental Biology (Seymour & Hetz, 2011)