A mediados de la década de 1960, la construcción del World Trade Center en el Bajo Manhattan se topó con un dilema geológico colosal: el terreno donde se levantarían las Torres Gemelas no era roca sólida, sino un relleno artificial ganado al mar y completamente saturado por las aguas del río Hudson. Excavar siete plantas subterráneas para los cimientos amenazaba con provocar un colapso catastrófico y la inundación inmediata de todo el distrito financiero.
Para solucionar esta pesadilla hidrogeológica, los ingenieros recurrieron a una técnica europea apenas probada a tal escala: el muro pantalla con lodo bentonítico. La obra se ejecutó mediante una secuencia fascinante:
- Se excavó una zanja perimetral de un metro de ancho que descendía hasta 20 metros para anclarse firmemente en la roca madre.
- A medida que las cucharas mecánicas profundizaban, la zanja se llenaba de inmediato con una suspensión densa de arcilla bentonita y agua. La presión hidrostática del lodo impedía que las paredes de arena mojada colapsaran.
- Una vez alcanzada la roca, se descendieron jaulas de acero de 25 toneladas y se vertió hormigón desde el fondo con tubos Tremie, desplazando el lodo hacia la superficie para ser reutilizado.
El resultado fue un cofre subterráneo hermético de casi un kilómetro de perímetro bautizado como «la Bañera» (The Bathtub), diseñado paradójicamente para mantener el agua fuera. Su resistencia extrema quedó demostrada trágicamente el 11 de septiembre de 2001: pese a la caída de los rascacielos, el muro resistió el impacto y evitó que el río inundara la red del metro de Nueva York.
Fuente: American Society of Civil Engineers (ASCE) / Port Authority of New York and New Jersey Technical Records