En la noche del 21 al 22 de septiembre de 1788, en el marco de la guerra austro-turca, aconteció uno de los episodios más insólitos de la historia militar: la batalla de Karánsebes. Un imponente ejército de cien mil soldados del Sacro Imperio Romano Germánico se infligió una devastadora derrota a sí mismo en una noche de histeria colectiva, sin que los otomanos hubiesen disparado un solo tiro.
El incidente comenzó cuando una vanguardia de húsares cruzó el río Timiș y compró aguardiente a comerciantes locales. Poco después, soldados de la infantería exigieron participar del botín alcohólico. La negativa de la caballería derivó en una acalorada reyerta armada. En medio del tumulto nocturno, alguien disparó y gritó una alarma fatal: «¡Turk! ¡Turk!».
El terror colectivo se propagó al instante debido a dos factores determinantes:
- La barrera idiomática: El ejército imperial integraba a soldados austríacos, húngaros, rumanos, serbios e italianos. Cuando los oficiales de habla alemana intentaron frenar la estampida gritando «Halt! Halt!» («¡Alto!»), las tropas que no entendían el idioma confundieron las órdenes con el grito de guerra otomano «¡Alá! ¡Alá!».
- Artillería ciega: Convencidos de que la caballería enemiga cargaba hacia el campamento central, los artilleros austríacos abrieron fuego de metralla contra sus propios camaradas en retirada.
El propio emperador José II cayó de su caballo a un arroyo intentando escapar del colapso. Cuando el gran visir otomano y sus tropas llegaron dos días más tarde a Karánsebes, hallaron el campamento abandonado y cubierto de miles de bajas enemigas.
Fuente: Kriegsarchiv de Viena / History Today