Hace entre 2.400 y 1.800 millones de años, la Tierra experimentó una transformación geoquímica sin precedentes: la Gran Oxidación. Mucho antes de que existieran plantas o animales, los océanos primitivos tenían tonalidades verdosas debido a colosales cantidades de hierro soluble (Fe²⁺) disuelto en sus aguas, mientras que la atmósfera carecía por completo de oxígeno libre. Sin embargo, la aparición de las primeras cianobacterias revolucionó el destino físico del planeta mediante la fotosíntesis oxigénica.
A medida que estos microorganismos microscópicos liberaban oxígeno molecular, este no escapaba directamente a la atmósfera; reaccionaba de forma casi instantánea con el hierro disuelto en el agua. Este proceso generó una gigantesca precipitación marina: miles de millones de toneladas de óxidos de hierro insolubles, como la magnetita y la hematita, cayeron hacia los lechos marinos, alternándose de manera cíclica con sedimentos ricos en sílice y jaspe rojo. Con el paso de las eras, el calor y la presión convirtieron estos sedimentos en las denominadas Formaciones de Hierro Bandeado (BIF, por sus siglas en inglés).
Estas rocas presentan un inconfundible patrón de bandas onduladas plateadas y carmesíes que funcionan como un auténtico código de barras de la atmósfera primitiva. Registran con precisión el ritmo estacional en el que los océanos se limpiaron de hierro antes de permitir que el oxígeno se acumulara libremente en el aire.
Más allá de su incalculable valor para descifrar el origen de la vida, las BIF son los cimientos materiales del mundo actual: constituyen más del 90 % del mineral de hierro comercial extraído en la actualidad para fabricar todo el acero de nuestra infraestructura global.
Fuente: Nature Geoscience / Geological Society of America