En la playa de Koekohe, en la costa de Nueva Zelanda, reposan decenas de esferas rocosas casi perfectas que parecen restos de un juego de bolos titánico o huevos fósiles colosales. Conocidos como los cantos rodados de Moeraki, algunos de estos orbes alcanzan hasta tres metros de diámetro y pesan varias toneladas, pero su origen no se debe al pulido del oleaje ni a la actividad volcánica, sino a un milagroso y lentísimo proceso geoquímico submarino.
Estas estructuras son concreciones septarias que comenzaron a gestarse hace unos 60 millones de años, durante el Paleoceno temprano, en el lodo del lecho oceánico. El mecanismo es asombrosamente análogo al modo en que una ostra fabrica una perla:
- El núcleo iniciador: El crecimiento se disparó alrededor de un núcleo orgánico enterrado, como un fragmento de concha, madera fosilizada o espinas de pescado en el sedimento blando.
- Crecimiento mineral: Los fluidos subterráneos cargados de calcita percolaron a través del fango poroso, precipitando y cementando los minerales en capas concéntricas. Los análisis isotópicos calculan que una esfera de dos metros requirió entre cuatro y cinco millones de años de cristalización continua.
- Las grietas septarias: A medida que el núcleo se deshidrataba y compactaba, aparecieron fisuras radiales que más tarde fueron selladas por vetas de calcita marrón, dolomita y cuarzo, otorgándoles un patrón estético similar al caparazón de una tortuga.
Estas joyas geológicas permanecieron sepultadas durante millones de años dentro de los acantilados de lutita costera. Ha sido la reciente erosión marina la que ha disuelto el barro que las envolvía, liberándolas sobre la arena intactas debido a su extraordinaria dureza.
Fuente: New Zealand Journal of Geology and Geophysics / GNS Science