En el reino animal, la semelparidad —la estrategia de apostarlo todo a un único evento reproductivo antes de morir— es habitual en salmones e insectos, pero resulta casi inconcebible en mamíferos. El antechinus, un pequeño marsupial carnívoro del tamaño de un ratón nativo de Australia, es la gran excepción biológica a esta regla.
Cada invierno austral, al cumplir los once meses de vida, los machos entran en un frenesí copulatorio frenético que dura entre dos y tres semanas. Durante este periodo, un solo macho se aparea en sesiones ininterrumpidas de hasta catorce horas consecutivas con múltiples parejas, suprimiendo por completo el sueño y la ingesta de alimento.
El motor fisiológico detrás de esta conducta es un pico masivo de testosterona libre que inhabilita los mecanismos biológicos para degradar el cortisol (la hormona del estrés). Al perder este interruptor de seguridad, el cortisol alcanza concentraciones tóxicas en su sangre, desencadenando una cascada letal:
- Colapso inmunológico total: El exceso hormonal aniquila sus glóbulos blancos, dejándolos expuestos a infecciones parasitarias fulminantes.
- Desintegración tisular: Se desencadenan úlceras gástricas hemorrágicas, necrosis cutánea y pérdida total del pelaje.
- Falla multiorgánica: Pese a que sus órganos colapsan y quedan ciegos por hemorragias internas, continúan buscando hembras con fervor hasta desfallecer.
Al concluir la temporada, el 100 % de los machos de la población muere sin excepción. Lejos de ser un fallo evolutivo, este sacrificio sincronizado libera los recursos alimenticios del ecosistema, garantizando que los insectos disponibles queden exclusivamente para las hembras preñadas y sus crías.
Fuente: Fisher, D. O., Dickman, C. R., et al. (2013). 'Sperm competition drives the evolution of suicidal reproduction in mammals'. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).