El 6 de agosto de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, el ejército alemán desató un infierno químico sobre la fortaleza rusa de Osowiec, ubicada en el actual territorio de Polonia. Tras semanas de asedio infructuoso, los zapadores alemanes abrieron decenas de cilindros con una mezcla altamente concentrada de cloro y bromo. El viento favorable arrastró un espeso muro de gas de doce metros de altura que marchitó los pastizales, ennegreció el follaje y oxidó el metal a su paso. Los defensores rusos no contaban con máscaras antigás reglamentarias y apenas protegieron sus rostros con trapos empapados en agua o su propia orina.
Convencidos de que la guarnición entera había perecido, catorce batallones alemanes —integrados por más de 7.000 infantes— avanzaron confiados para tomar las trincheras enemigas sin esperar resistencia. Sin embargo, cuando se aproximaron a la primera línea defensiva, presenciaron un espectáculo sacado de una pesadilla: entre la densa niebla verdosa emergieron cerca de sesenta soldados rusos sobrevivientes de la 13.ª Compañía del 226.º Regimiento Zemlyansky.
Cubiertos de quemaduras químicas, envueltos en harapos ensangrentados y tosiendo fragmentos de sus propios pulmones disueltos por el ácido clorhídrico formado en sus vías respiratorias, los defensores no se rindieron. Fijaron sus bayonetas y cargaron contra las fuerzas invasoras con ferocidad suicida. El terror psicológico de enfrentarse a lo que creían cadáveres revividos provocó una histeria colectiva inmediata entre las filas alemanas; la retirada se transformó en una estampida caótica donde cientos de soldados tropezaron y murieron aplastados en sus propios alambrados de púas.
Fuente: Kauffman, J. E., & Kauffman, H. W. (2016). Fortress Europe: European Fortifications of World War I. Pen & Sword Military.