Durante más de dos siglos, la ciencia consideró a la anguila eléctrica un arma contundente de la naturaleza: un animal capaz de liberar descargas masivas para aturdir a cualquier criatura cercana. Sin embargo, investigaciones lideradas por el neurobiólogo Kenneth Catania demostraron que su estrategia es un sofisticado ejercicio de neurobiología aplicada.
La anguila eléctrica (especialmente la especie Electrophorus voltai, capaz de registrar un récord biológico de 860 voltios) utiliza su electricidad como un sistema de control remoto. Cuando una presa permanece oculta entre la vegetación del río, la anguila emite pulsos dobles de alto voltaje. Estas señales no buscan noquearla, sino actuar directamente sobre las neuronas motoras del pez oculto, provocando un espasmo muscular involuntario. La vibración resultante delata de inmediato la posición exacta de la víctima.
Una vez localizada, el ataque definitivo es fulminante: una ráfaga continua a alta frecuencia que secuestra el sistema periférico de la presa. En menos de tres milisegundos, la descarga sobrecarga los receptores musculares provocando una parálisis tetánica absoluta, impidiendo que el corazón o las aletas del animal respondan.
Este prodigio es posible gracias a miles de electrocitos —células musculares modificadas y desprovistas de capacidad contráctil— apiladas en serie a lo largo de tres órganos especializados (el órgano Principal, el de Hunter y el de Sachs). Juntas funcionan como una gigantesca batería biológica que transforma el agua dulce en un teatro de dominación neurológica instantánea.
Fuente: Vanderbilt University / Nature Communications (Kenneth Catania, 'The shocking predatory strike of the electric eel')