En la penumbra asfixiante del océano profundo, donde la densidad de población es casi nula, encontrar pareja representa una odisea casi imposible. Para resolverlo, varias especies de pez rape abisal (del suborden Ceratioidei) desarrollaron una de las estrategias reproductivas más desconcertantes del reino animal: el parasitismo sexual obligado.
El macho, considerablemente más pequeño y desprovisto del característico señuelo luminoso de la hembra, posee fosas olfativas descomunales destinadas a rastrear sus feromonas en la oscuridad. Cuando por fin localiza a una compañera —que puede ser hasta sesenta veces mayor en tamaño—, le propina un mordisco en el vientre. En cuestión de semanas, las bocas y la piel se disuelven de forma controlada y sus vasos sanguíneos se entrelazan hasta que ambos comparten un único torrente circulatorio. El macho pierde gradualmente sus ojos, aletas y casi todos sus órganos vitales, transformándose en una fuente permanente de esperma nutrida por la sangre de la hembra.
Durante décadas, este fenómeno desconcertó a la ciencia médica: en cualquier otro vertebrado, semejante unión desencadenaría un violento rechazo de órganos por incompatibilidad tisular. Sin embargo, una investigación publicada en la revista Nature en 2020 reveló el misterio: a lo largo de su evolución, estas especies desactivaron componentes esenciales del sistema inmunitario adaptativo, incluidos los genes del complejo mayor de histocompatibilidad (MHC) y los receptores de linfocitos T. Al renunciar a las defensas que protegen a casi todos los vertebrados contra patógenos ajenos, el pez rape logró volver compatible lo biológicamente imposible.
Fuente: Nature (Swann et al., 2020 / Max Planck Institute of Immunobiology and Epigenetics)