A finales del siglo XIX, la floreciente ciudad de Chicago afrontaba una grave crisis de salud pública. Todas sus aguas residuales e industriales desembocaban directamente en el lago Míchigan, la fuente primordial de agua potable para más de un millón de habitantes. El resultado era letal: epidemias recurrentes de tifus, cólera y disentería amenazaban el futuro de la metrópoli.
La solución planteada rozaba lo imposible para la época: obligar a un río entero a fluir en sentido contrario. Para lograrlo, entre 1892 y 1900 se llevó a cabo la construcción del Canal Sanitario y de Navegación de Chicago, una colosal trinchera de 45 kilómetros que conectaba la cuenca del lago Míchigan con el valle fluvial del Misisipi.
Los ingenieros excavaron el canal a una cota inferior a la del lago. De este modo, por pura física y gravedad, el agua limpia del Míchigan comenzó a entrar con fuerza al cauce fluvial hacia el interior del continente, invirtiendo de manera permanente el curso del río hacia el sur.
La obra marcó varios hitos históricos de la ingeniería moderna:
- Se retiraron más de 30 millones de metros cúbicos de roca y tierra, un ensayo tecnológico a gran escala que perfeccionó la maquinaria de excavación empleada años después en el Canal de Panamá.
- Ante el inminente bloqueo judicial del estado de Misuri, temeroso de recibir los sedimentos en San Luis, los ingenieros derribaron en secreto la última presa de tierra la madrugada del 2 de enero de 1900 antes de recibir la orden federal de paralización.
Nombrada por la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles como uno de los monumentos de ingeniería del milenio, esta intervención evitó millones de muertes y rediseñó la hidrología de Norteamérica para siempre.
Fuente: American Society of Civil Engineers (ASCE) / Chicago Sanitary District