Cuando observamos una erupción volcánica actual, el magma basáltico más ardiente brota a unos 1.200 °C. Sin embargo, durante el eón Arcaico, hace entre 2.500 y 3.500 millones de años, la Tierra albergaba un vulcanismo tan colosalmente calórico que resulta físicamente imposible de reproducir hoy en día: las komatiitas.
Descubiertas en 1969 junto al río Komati, en Sudáfrica, estas rocas ígneas ultramáficas desconcertaron a los geólogos por su altísima concentración de magnesio. Para que una roca con esa composición química llegara a fundirse y fluir en superficie como lava líquida, requería alcanzar temperaturas monstruosas de al menos 1.600 °C. En aquella infancia planetaria, el calor residual de la acreción y la descomposición radiactiva hacían que el manto terrestre estuviera entre 200 y 400 °C más caliente que en la actualidad.
Esa temperatura extrema otorgaba a las komatiitas propiedades asombrosas:
- Viscosidad similar al agua: Eran lavas tan fluidas que no formaban conos volcánicos, sino que corrían a velocidades vertiginosas, inundando cuencas enteras en mantos delgados.
- Erosión térmica voraz: En lugar de limitarse a cubrir el terreno, el torrente derretía y asimilaba las rocas del suelo sobre el que avanzaba.
- La textura spinifex: Al entrar en contacto con el agua marina arcaica, la superficie se enfriaba con una rapidez tan brutal que el olivino y el piroxeno no tenían tiempo de cristalizar con calma. En su lugar, crecían en agujas y hojas esqueléticas entrelazadas de hasta un metro de longitud, semejantes a la hierba espinosa australiana Spinifex.
A medida que el interior de la Tierra se enfrió de forma irreversible, la fábrica geológica de komatiitas se apagó para siempre, dejando estas piedras como cápsulas del tiempo del infierno primigenio del planeta.
Fuente: Arndt, N., Lesher, C. M., & Barnes, S. J. (2008). Komatiite. Cambridge University Press.