Durante más de medio siglo, un lecho de lago seco en el Parque Nacional del Valle de la Muerte, conocido como Racetrack Playa, desconcertó a geólogos de todo el mundo. Cientos de rocas de dolomita, algunas de hasta 320 kilogramos, dejaban tras de sí largos surcos rectilíneos y serpenteantes grabados en el barro endurecido, evidenciando desplazamientos de cientos de metros sin ninguna huella humana o animal cerca.
Se postularon hipótesis extravagantes que iban desde anomalías gravitatorias y campos magnéticos hasta remolinos de viento huracanados. Sin embargo, en 2014, un equipo liderado por el oceanógrafo Richard Norris desveló el mecanismo exacto gracias a una estación meteorológica de precisión y piedras equipadas con receptores GPS:
- La trampa de agua: En inviernos puntuales, las escasas lluvias inundan la cuenca formando una lámina superficial de apenas unos centímetros de profundidad.
- Hielo de ventana: Durante las noches gélidas, el agua se congela creando placas de hielo translúcido tan finas como el cristal de una ventana (de entre 3 y 6 milímetros de espesor).
- La balsa eólica: Al salir el sol, el hielo se fragmenta en paneles flotantes gigantescos. Con vientos suaves de apenas 15 km/h, estas enormes balsas de hielo empujan lentamente las rocas sobre el lecho de lodo reblandecido, desplazándolas a velocidades casi imperceptibles de unos pocos centímetros por segundo.
Este fenómeno requiere una conjunción perfecta y extremadamente rara de frío, agua líquida, formación de hielo fino y viento matutino, permitiendo que moles de piedra naveguen sobre una de las superficies más áridas del planeta.
Fuente: PLOS ONE (Norris et al., 2014 - 'Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in Motion')