A simple vista, Physarum polycephalum parece una modesta baba amarillenta que coloniza troncos húmedos en descomposición. Sin embargo, este organismo unicelular gigante —un sincitio formado por millones de núcleos que comparten una única membrana plasmática— esconde una de las capacidades de computación biológica más asombrosas del reino de la vida.
En el año 2000, el biólogo japonés Toshiyuki Nakagaki colocó fragmentos de este moho en los extremos de un laberinto con copos de avena en la salida. Contra todo pronóstico, la criatura no solo encontró el alimento, sino que retrajo todos sus filamentos sobrantes para consolidar el camino más corto posible. Una década más tarde, investigadores replicaron el mapa de la red ferroviaria de Tokio disponiendo comida sobre los puntos clave de las estaciones; en cuestión de horas, el moho trazó un entramado de tubos casi idéntico al diseñado por los mejores ingenieros humanos, maximizando la eficiencia y la tolerancia a fallos.
Lo más desconcertante es su capacidad de memoria y aprendizaje sin poseer una sola neurona. Varios experimentos demostraron que, si se le somete a descargas regulares de aire frío y seco a intervalos de una hora, el moho aprende el patrón y reduce su velocidad de locomoción justo antes de que ocurra la siguiente descarga, incluso si los científicos suprimen el estímulo. Estudios de la Universidad de Harvard descubrieron que esta memoria se almacena físicamente en la arquitectura de su red: los tubos que transportan nutrientes se ensanchan o contraen de forma permanente ante la experiencia, funcionando como un registro físico análogo a las conexiones sinápticas de un cerebro.
Fuente: Nature (Nakagaki et al., 2000: 'Maze-solving by an amoeboid organism') / Science (Tero et al., 2010)