En las tundras heladas de Alaska y Siberia, la ardilla terrestre del Ártico (Urocitellus parryii) desafía las leyes convencionales de la fisiología de los mamíferos. Cuando llega el crudo invierno septentrional, este animal se sumerge en una hibernación extrema de hasta ocho meses en la que su ritmo cardíaco se desploma de 300 pulsaciones por minuto a apenas una o dos, mientras su respiración casi se detiene por completo.
Sin embargo, su hazaña más asombrosa reside en su temperatura central: es el único mamífero conocido capaz de enfriar su cuerpo por debajo del punto de congelación del agua, alcanzando récords medidos de hasta -2,9 °C en su abdomen y cuello sin que sus tejidos sufran daño celular ni se cristalicen en hielo.
¿Cómo evita convertirse en un bloque sólido mortal? La clave está en un fenómeno físico-químico denominado superrefrigeración. A diferencia de ciertos peces polares, la ardilla no depende de concentraciones masivas de proteínas anticongelantes; en su lugar, purifica activamente su torrente sanguíneo antes de entrar en letargo, expulsando cualquier mota microscópica o impureza celular que pudiera actuar como punto de nucleación para el inicio de los cristales de hielo.
A pesar de este estado gélido, cada dos o tres semanas su cerebro activa breves temblores musculares involuntarios, elevando su temperatura a los 37 °C habituales durante unas horas para regenerar conexiones sinápticas antes de volver al frío extremo. Este prodigioso mecanismo biológico se estudia actualmente para revolucionar la crioconservación de órganos humanos destinados a trasplantes.
Fuente: Science (Barnes, B. M., 'Freeze Avoidance in a Mammal: Body Temperatures Below 0 °C in an Arctic Hibernator')