Cada segundo, una lluvia invisible de partículas subatómicas atraviesa tu cuerpo a casi la velocidad de la luz. Se trata de los muones, partículas elementales que nacen cuando los rayos cósmicos de alta energía, originados en supernovas y galaxias lejanas, colisionan contra las moléculas de la atmósfera terrestre. Aunque son parientes pesados del electrón y se desintegran en microsegundos, su enorme energía relativista les permite perforar cientos de metros de roca sólida antes de ser absorbidos.
Esta extraordinaria capacidad dio origen a la muografía, una disciplina que funciona exactamente como una radiografía médica a escala titánica. Si los científicos instalan detectores sensibles debajo o al lado de una estructura masiva, las secciones de roca densa frenan más partículas, mientras que los espacios huecos permiten que pasen en mayor cantidad. Al medir el flujo resultante, es posible reconstruir un mapa tridimensional del interior de objetos impenetrables.
El hito más célebre de esta tecnología ocurrió en 2017 a través del proyecto ScanPyramids. Investigadores colocaron placas de emulsión nuclear y rastreadores de gas dentro y alrededor de la Gran Pirámide de Guiza. Contra todo pronóstico, los muones revelaron un colosal vacío secreto de más de 30 metros de longitud situado justo sobre la Gran Galería, oculto durante más de 4.500 años a los radares convencionales.
En la actualidad, la muografía también salva vidas en la vulcanología moderna: científicos en Japón e Italia colocan estos sensores en las faldas de volcanes como el Sakurajima o el Vesubio para observar en tiempo real el ascenso de magma por las chimeneas internas, logrando ver las entrañas de la Tierra gracias a partículas nacidas en los confines del universo.
Fuente: Nature (Morishima et al., 2017 - Discovery of a big void in Khufu’s Pyramid by observation of cosmic-ray muons)